Ha sido señalado, por parte de sus más importantes historiadores, que la astrología abarca, dentro de su campo, tanto el estudio de las relaciones cósmicas como el conjunto de acontecimientos humanos en los planos social y personal. Pero, particularmente, esta ciencia se ocupa de la vinculación entre esos dos campos.
La astrología conecta los eventos del gran mundo exterior con los sucesos que se desarrollan en la interioridad del individuo, configurando, los primeros, un trasfondo que influirá o marcará tendencias y posibilidades en la vida de cada persona.
En una definición más ambiciosa, se ha dicho también que la astrología es la ciencia que estudia la inserción del hombre en la totalidad del cosmos. En ese sentido, se dice, constituye una verdadera ciencia universal.

Debemos recordar que la ciencia moderna no parte de una comprensión total del universo, en la cual estén contenidos todos los componentes que forman parte de él, sino que, por el contrario, se parte de nuestra ignorancia respecto de ese conocimiento último del universo. Ello, aparentemente, coloca al hombre en un sitio de mucho mayor privilegio que el que le daban las ciencias antiguas, pues aparece como el único ser inteligente, parado sobre sus dos pies en un "universo muerto" y desconocido, al cual está llamado a arrancarle sus secretos uno a uno. El hombre en esta visión de la ciencia contemporánea- avanzaría a tientas como un ciego en este universo desconocido, investigando aquí y allá una miríada de fenómenos aislados con los que se topa en los diversos campos del saber: física, química, biología, etc., campos que, a su vez, aparecen como fragmentados unos de otros. La ciencia estudia esos casos particulares y, a partir de ellos, va estableciendo relaciones más generales que la llevan, finalmente, a postular leyes, que constituyen hipótesis sobre la arquitectura del universo.
Sin embargo, estas leyes de la ciencia están siempre sujetas a revisión y cambio por parte de las sucesivas horneadas de científicos, y la atiborrarte acumulación de nueva información y nuevos experimentos que contradicen la información ya establecida.
Esta posición de punta de lanza, de flecha dirigida al infinito, que constituiría el hombre en este universo sin vida, junto con colocar al hombre en este aparente sitio de elevada condición, lo enfrenta simultáneamente con una gran angustia existencial, debido a que se encuentra totalmente abandonado a sí mismo. El universo en el enfoque de la ciencia moderna constituye, paradójicamente para él, una realidad análoga a como se afirma que lo era para la mente primitiva: un enigma inconmensurable y hostil.
No pocos pensadores han postulado que esta profunda angustia existencial que aflige al hombre sin dios, está en la base de los grandes males de la sociedad contemporánea.

De allí puede provenir también el gran interés que ha despertado en esta época la astrología, que nace del conocimiento de lo universal y de una sabiduría transmitida de generación en generación durante millares de años. Es la realidad total del universo, dice la astrología, la que en su funcionamiento, en su hacer, contiene e influye todos los procesos particulares.
La astrología proviene de un sentimiento cósmico de vinculación orgánica del hombre con toda la naturaleza, y del sentimiento de formar parte integrante de la vida universal.
Los soles, los planetas y las lunas serían, en una gran metáfora, los órganos de este gran cuerpo total que es el universo, y nosotros, como habitantes de uno de estos órganos, seríamos pequeñas células atravesadas por las corrientes vitales de ese Cuerpo cósmico.
Cada uno de nosotros ha tenido, en ocasiones, la oportunidad de experimentar ese sentimiento de pertenencia y de unidad, al contemplar en silencio una hermosa y profunda noche estrellada. En ese momento nos hemos acercado a la fuente de la sabiduría astral.
Sorprendente y admirablemente, esta ciencia moderna que investiga a ciegas las leyes de este universo desconocido, se ha acercado bastante a ciertas formulaciones donde parece darse la mano con la ciencia oculta.
Veamos, como un botón de muestra, en el caso de la astronomía, las formulaciones de Kant y Laplace, quienes plantearon que, en su origen, el mundo planetario de nuestro sistema solar proviene de un cuerpo celeste único, un gran "cosmos solar", del cual se desprendieron o se condensaron los planetas, configurándose así el sistema planetario con su sol tal como lo conocemos hoy.
En una visión más poética, al ocurrir ese proceso de desprendimiento, los planetas no dejaron el Sol del que nacieron, para irse cual cometas errantes a recónditas zonas del universo, sino que permanecieron ligados a él, girando a su alrededor, obedeciendo a ciertas leyes invisibles.
De esta manera, quedaron los planetas fuera del núcleo solar, pero llevando dentro de sí la semilla del Sol padre. Y cual hijos nacidos en diferentes momentos, también llevaron dentro de sí distintos estadios de la evolución solar.
La Tierra, como uno de estos nueve hermanos que son los planetas del sistema solar, recibe la influencia del conjunto de ellos y, a través de ella, reciben esa influencia cada uno de sus habitantes. Con ello queda fundamentado por qué es totalmente razonable pensar que los planetas, con sus vibraciones, tengan influencia sobre los habitantes del planeta Tierra.